La abrumadora victoria de la ultraderecha en las recientes elecciones regionales del este alemán no es un mero vuelco electoral; es una problema para la democracia. Alternativa para Alemania (AfD) rozó la mayoría absoluta, con cerca del 44% de los votos en Sajonia-Anhalt. Ello nos sitúa ante un escenario que la memoria histórica europea debería haber superado.
Este retroceso no puede explicarse simplemente como un brote espontáneo de intolerancia. Sería un error diagnosticarlo así, pues la ultraderecha europea y alemana dejaron de ser un problema coyuntural, para transformarse en una realidad permanente.
La raíz de este terremoto político se hunde en décadas de abandono estructural, la precarización laboral y una paulatina erosión de los servicios públicos en el este de Alemania. La cuasi desaparición del Estado y el detrimento de su rol protector provocan miedo y desamparo, que resulta una plataforma potente para los discursos identitarios y excluyentes y el populismo fácil de Alternativa para Alemania (AfD).
El cordón sanitario frente a la intolerancia parece ser la opción. Como lo hicieran los franceses, la opción aparece con cada vez mayor nitidez en el horizonte. Reconstruir los lazos con el territorio y devolver a la ciudadanía la seguridad es fundamental. Enfrentar a la ultraderecha, también.
Requerimos mayor seguridad social. Un Estado que proteja a quienes quedan atrás, que enfatize la justicia social, la dignidad de los trabajadores y la solidaridad como los marcos de una izquierda que hoy continúa buscando caminos en el mundo para enfrnetar una menaza que, de invisible, no le queda nada.



