Seguir la lógica de Trump es un ejercicio difícil, pues parece buscar todos los día superarse a sí mismo.
El estilo autoritario del mandatario estadounidense es su carta de presentación, cuyo reflejo a nivel interno más brutal pasa por los asesinatos en Minneapolis de Renee Good y Alex Pretti por parte de agentes del ICE y policía migratoria, respectivamente; y, por situaciones como la microinvasión y captura de Maduro en Venezuela o las amenazas contra cualquiera, en cualquier parte del mundo, en cualquier minuto de la vida, a nivel externo.
Pero no se trata solo de ciertas acciones perdidas o aisladas. Hace años que Trump inauguró, desarrolló y consolidó, en conjunto con otros personajes de la ultraderecha populista en el mundo, un narrativa del odio y la descalificación que legitima la amenaza y el miedo. Barak Obama no está de acuerdo: dice que Trump no inició el lenguaje del odio, sino que le puso su marca particular. Sea lo uno o lo otro, está claro que escuchar a Trump es como escuchar a una barra brava en un estadio de fútbol, pero con la amplificación de tener el control de ciertos medios de comunicación y de las redes sociales.
Porque ese es otro tema: efectivamente Trump ataca a la prensa a través de su retórica de la descalificación todos lo días, pero a eso se agregan diversas acciones judiciales, el cierre o el ataque a medios financiados por el Estado, el acoso verbal y concreto a periodistas y medios que no le creen o osen criticarle, la limitación de ciertos periodistas -que son menos iguales que otros- a determinadas pautas o espacios en ellas, entre otras acciones con las cuales el presidente norteamericano sorprende a la prensa libre.
Trump expulsó a la Associated Press (AP) de actos de la Casa Blanca por no cambiar su manual de estilo y seguir usando Golfo de México en vez de Golfo de América, como el mandatario había rebautizado por decreto; prohibió el acceso del Wall Street Journal al avión presidencial después de un artículo de este periódico en torno a las relaciones entre Trump y el depredador sexual Jeffrey Epstein.
Son solo ejemplos. Ejemplos de que en la Casa Blanca habita un «dueño». Un hombre que fue elegido presidente, pero que no está realmente preocupado de hacer a Estados Unidos grande otra vez como solía decir, sino de consolidar un señorío o dominio, sobre lo que se cruce en su camino.
Trump atacó Venezuela, arrancó a Maduro del territorio y huyó con él. Es decir, prometió democracia pero fue por petróleo.
Ahora considera atacar Irán. O mejor dicho, atacarlo de nuevo, tras la incursión realizada a tres instalaciones nucleares hace meses. Trump ha dicho en todos los tonos que «es hora de buscar un nuevo liderazgo en Irán». Sus críticas siempre van por el lado de la democracia y la represión que efectúan «regímenes ilegítimos», como fue el caso de Maduro y ahora de Jamenei.
Pese a esto, los analistas, el mundo y los mismos norteamericanos terminan por darse cuenta que la promesa de orden no se traduce en orden sino en violencia; y que la promesa de democracia de Trump en el mundo no se traducen en más democracia… sino en más petróleo.



